Escrito por Nvgnte el Martes, 23 de junio del 2009 a las 22:51
Hace ya unos meses se casó uno de mis mejores amigos, y como no podía ser menos, le escribí una pequeña lectura que tuve que leer a dúo durante el banquete, delante de ochenta personas, la mayoría francófonas, ya que la mariée era del país vecino. Allí se conocieron ellos, y allí en Francia me encontré yo también a Daniel, en el Liceo Español de París, en 1989.
La verdad es que no tenía pensado publicarla aquí, pero este hilo en el foro: La media de duración de los amigos, me ha hecho replantearme su presentación pública.
Espero que os guste
20 años hace que nos une nuestra amistad, Dani; semejante tiempo es un privilegio escaso hoy en día, cuando los valores humanos se denigran frente otros más… materiales, y por eso son 20 años que estoy orgulloso de haberlos disfrutado a tu lado.
Por aquel entonces mi vida, mi futuro personal, estaba a punto de decidirse, y es duro admitir que quizá no fuera para bien. La adolescencia, antes de que te sentaras a mi lado en el liceo, fue una época convulsa en mi vida y, sin tu guía, los peligrosos escarceos de mis anteriores “amigos” —¡qué poco sabía yo de la amistad en aquel momento!— probablemente me hubieran dejado en la cuneta antes siquiera de alcanzar la veintena.
Ya sólo por eso te mereces todo lo que yo pueda ofrecerte… y más aún.
A los 16 años éramos unos críos, unos imberbes que no conocían nada de la vida; nos creíamos los reyes del universo, y lo que realmente importaba era el ahora… Así era yo, al menos, y fuiste mi tabla de salvación. Tú y todos los que vinieron contigo: Miguel, tu mejor amigo y corazón del grupo; Rafa, tu hermano y (casi) mi alma gemela; Carlos, que nos recuerda por lo que debemos luchar para seguir adelante, Javier, Stella, Amor, mi Pilu… y, por supuesto, los que se quedaron en el camino, perdidos en otros valores de la vida.
Porque 20 años es mucho tiempo.
Sin embargo, siempre tuvimos una cosa muy clara, Dani: la amistad que forjamos entre todos nosotros duraría mucho más tiempo del comúnmente aceptado por la sociedad. Y míranos, aquí estamos en uno de los días más importantes de tu vida.
Algo supimos hacer bien, ¿no?
Aún ahora —no me avergüenza admitirlo— seguimos sin saber nada de la vida; pero no tengo miedo, porque sé que estarás (estaréis todos vosotros) allí… por siempre.
Y Carinne te quiere de verdad. Supo escarbar en tu coraza y descubrir la bondad que (por muy extraño que parezca) siempre te empeñas en esconder. Y porque aprendió a conocerte, a amarte, supo ser paciente y conquistar tu corazón muy lentamente hasta que, casi en un suspiro, te diste cuenta que la única persona que ocupaba tus pensamientos era ella, la chica de enigmática sonrisa que supo querer a este pedazo de pan.
Por eso, por la ternura que demuestra contigo, por la belleza que también esconde en su interior, nosotros —tus amigos— también la queremos; sabemos que te llenará toda tu vida como ninguno de nosotros pudiera haberlo hecho.
Carinne, jouis-toi de ce jour, car tu est nôtre reine aujourd’hui, mais surtout, jouis-toi pour être aussi sa reine pour toujours.
Merci —vraiment— pour nous avoir fait une petite place dans ton cœur.
Nous vous aimons, tout les deux.
Categoria: Introspectivas,Narrativas,Nvgnte
Escrito por Nvgnte el Miércoles, 21 de enero del 2009 a las 21:50
… o de la doble perspectiva de las cosas
Releyendo el artículo de Rider ¿Prostitución legal?, me ha venido a la mente algo que escribí hace casi diez años, y que me gustaría compartir con vosotros. Se trata de la introducción a un relato titulado El octavo pecado capital; un pequeño atisbo de la Casa de Campo de Madrid y la “doble vida” que estos lugares presencian…
Amanece de nuevo.
Retazos de luz resplandecen en el horizonte, abriéndose camino entre las pilastras de la antigua noria, símbolo perenne del amor jovial e inocente por el que un día nuestras vidas pasaron. Las ramas de los ancianos se agitan ante el piar tímido de algún que otro petirrojo dispuesto a dar gracias por la existencia con la que ha sido obsequiado, generosa en presentes y pobre en depredadores. Y, si se escucha con la suficiente atención, podrá distinguirse cómo el albor restituye la vida al bosque; se puede apreciar, sin ir más lejos, cómo las delicadas flores ofrecen sus encantos a los insectos más madrugadores, o el acaramelado deslizar del rocío pugnando por retornar a la madre Tierra, donde será dador de vida a plantas y animales; pero también tornarán audibles los suspiros de la brisa al encontrar de nuevo aquel con quien compartir sus inquietudes y premuras, o el liviano chapoteo de alguna carpa buscando su desayuno matinal, o el lento devenir del tiempo celeste…
Aquí y allá, cientos de ojos renacen con cada nuevo amanecer; cientos de almas claman a la aurora, devolviendo el amor que la Naturaleza les ha ofrecido, felices porque la obscuridad no ha triunfado… aún.
Sin embargo, conforme se eleva el Dador de vida en el horizonte, otro amor queda al descubierto con el marchito reflejo de sanguinolentas jeringuillas vacías de polvos mágicos, de preservativos preñados con el semen de adúlteros sin escrúpulos, de olvidada ropa interior y de las maltratadas prostitutas que las portaban la noche anterior e iniciaban su pesaroso camino de vuelta a la realidad. Pues la noche, que se empeña en ser aliada incondicional de estos vástagos desterrados de la vida, muere con la llegada del día, arrastrando consigo el aparente cobijo que les ofrecía. Los equipos de limpieza arrasarán entonces las humillantes pruebas de su existencia, ya que resultaría indecente e inhumano que tales inmundicias sociales quedaran expuestas ante la virginal luz de la mañana.
Aquí y allá, cientos de ojos mueren con cada nuevo amanecer; cientos de torturadas almas claman a la aurora, suplicando por el amor que la Naturaleza les había ofrecido, pero que la sociedad cruelmente les arrebató; abatidos ante la perspectiva de un nuevo día, ruegan al Dios de los inocentes por que regrese la obscuridad… pronto.
Tal es la dualidad encerrada en esta campiña de las afueras de Madrid, donde la inocente risa infantil contrasta con el amargo lamento de aquellos que, bien por desidia, bien por repudia, no volverán a ser capaces de ver la vida a través de los inmaculados ojos de un niño.
Categoria: Narrativas,Nvgnte
Escrito por Nvgnte el Miércoles, 31 de diciembre del 2008 a las 12:29
… que al fin se acaba. ¡Aleluya, clamemos al Señor nuestro Dios!
Querido diario…
Hoy me he levantado con la ilusión de que otro año se acaba, la muerte de 366 días de vivencias guardadas en lo más recóndito de la memoria, de donde no deberían salir jamás porque, sinceramente, apestan.
No quiero volver a revisar este año en la televisión, en todos esos programas que siempre hablan de lo mismo, interminables resúmenes llenos de sonrisas, caras embotaxdas alejadas de la realidad que nos relatarán desde un teleprompter quemado por listas anónimas de mujeres maltratadas, palizas a la salida de una discoteca, violencia infantil y adolescente, terroristas confusos, la crisis, las elecciones generales, Bush, Gaza y los israelíes…
la incomprensión, el odio, la pobreza, el egoísmo, el poder del dinero, la corrupción del alma
la guerra
La humanidad necesita un cambio, una renovación que quizá llegue con la próxima recesión mundial. Aunque lo más seguro es que de todo esto sólo salga un dictadorcillo-morcillo de turno y lleve a su país a la quiebra social… ¡qué boníto sería si eso ocurriera a escala mundial! Pronto no habría sitio para esos egos hinchados, y nos abriríamos paso mediante nukes que matarían a la madre Tierra y a nosotros con ella. Luego, unos cuantos millones de años más tarde, cuando otros seres más inteligentes que sus predecesores paseen sobre nuestros huesos, levanten la mirada a las estrellas y se hagan la eterna pregunta… quizá esa vez la respuesta sea diferente y la vida prevalecerá un poco más.
Quiero cerrar los ojos, acunarme entre los brazos de mi amada y despertarme otro año, pero sé que eso no impedirá que el odio nos destruya un poco más cada día, así que lo único que puedo hacer es escribir este granito de arena en un desierto baldío.
quizá algún día…
Querido diario… ignoro por qué demonios me estoy dirigiendo a tí, ya que los pocos que he tenido siempre degeneraban en orgías depresivas y fueron pasto de las azules llamas del ostracismo. Quizá sea porque al estar hecho de ceros y unos no eres capaz de interpretar la jodida escala de grises que se abre como un infierno a nuestros pies ya quemados por el hielo de la indiferencia; una púa gélida e indolora que atraviesa nuestros corazones convirtiéndonos en zombies ambulantes en busca de cerebros frescos que (asimilar) tragar.
Esta noche abriré una botella de champagne y levantaré mi copa por el año que está a punto de llegar…
… únicamente las burbujas comprenderán mi brindis
Categoria: Introspectivas,Nvgnte
Escrito por Nvgnte el Domingo, 21 de diciembre del 2008 a las 10:11
… y algún otro estereotipo adosado al goticismo
Ayer, viendo una série de televisión en decadencia (sí, debo ser de los pocos que continúen apoyándola, dados sus niveles de audiencia y las tropelías que Telecinco comete contra ella), me sorprendió la cantidad de estereotipos en los que fueron capaces de incurrir los guionistas de El Comisario…
En resumen, el capítulo hablaba sobre un desecho humano que se consideraba con derecho a ser transformado por un vampiro, dada su fotofobia, su atracción por la sangre y su metido-con-calzador gusto por la absenta, que consumía “a palo seco” de una petaca (sólo por eso ya se merece el calificativo del principio)
Dejando de lado la mediocre aproximación al mundo nocturno, me llamó la atención un comentario sobre la “supuesta” adoración a la muerte que profesamos todos los góticos. Es una creencia bastante extendida, e incluso a mí me ha ocurrido ya en un par de ocasiones…


Nosotros no adoramos a la Dama de blanco (al igual que no todos somos satánicos, vampíricos ni deprimidos). Sentimos cierta atracción por los sentimientos que ella provoca, ese desgarro del alma y la rebeldía ante Dios y las circunstancias de tan fatal desenlace, ya que es un caldo de cultivo excepcional para nuestros relatos, poesías, letras y, quizá, para nuestra necesidad de justificar lo que en el fondo sentimos por dentro.
Como románticos nos sentimos atraídos como polillas ante un fanal, porque nosotros mismos creemos portar un desgarro similar en nuestro interior. Explotamos esos sentimientos y los hacemos propios, acrecentando la empatía y sensibilidad hacia la vida que nos rodea. No somos rudos; símplemente aceptamos que un día todo acabará, y tratamos de admirar la belleza de esta vida sin denigrar el acto eterno que a todos nos aguarda.
Es quizá el contraste de lo que antes existía y ahora ya no volverá a ser, la definición de la vida y su indisociable dicotomía con la muerte; los eternos rivales, como la noche y el día. La sociedad nos posiciona en la oscuridad, sin darnos tiempo para mostrarles su equivocación. Sí, claro que somos seres obscuros, pero porque somos los únicos que tenemos la capacidad de ver belleza allí donde otros son ciegos y sordos, y no aceptan que pueda existir otra cosa más allá de la Luz.
Admiramos la obscuridad, sí, pero también la claridad de un amanecer, cuando todas las dudas nocturnas son vaporizadas por un halo de vida. Únicamente *admitimos* que pronto acaecerá otro anochecer, y las dudas regresarán…
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Escrito por Nvgnte el Domingo, 26 de octubre del 2008 a las 1:08
… o cómo matar a Richard Bachman
Ya desde hace un par de años se rumoreaba -el propio Stephen King lo confirmó en su última novela- que el difunto señor Bachman habría dejado un manuscrito cubierto de polvo en alguna parte, esperando como un cocodrilo con las fauces abiertas, con el barro secándose sobre sus escamas y las moscas zumbando sobre sus huevos depositados al sol. Aguardando con una paciencia que sólo otorgan la edad y la certidumbre -gracias a la propia dualidad humana- de una identidad paralela sin temor a ser olvidada.
Y es que, por mucho que lo desee, un escritor (o cualquier otra persona, pero en el caso de los cuentacuentos resulta infinitamente más notable) no podrá desligarse de su mitad oscura. Jamás. Es algo intrínseco a cualquier novelista, potenciado por ese endiosamiento que nos hace ser dueños del destino de nuestros personajes. Dentro de una línea argumental coherente, podemos hacer cualquier cosa con ellos; son muñecos, marionetas, drogadictos que dependen totalmente de su dealer para tomar decisiones…
Pero, cuando se trata de descubrir y averiguar el estado real del pobre gato cuántico, hay una diferencia fundamental dependiendo de qué sentimientos dominen en ese momento la mente del escritor. Y es ahí donde entra en acción nuestra mitad oscura (o, siguiendo con el famoso símil, el señor Shrödinger). Porque todo el mundo necesitamos alguna vez mostrar nuestra faz más sórdida, aquella que nos define como los animales que una vez fuimos, y que sólo nos atrevemos a plasmar en el papel (o en sueños) bajo el resguardo y anonimato que la pluma nos ofrece.
No podemos eliminar esa parte de nosotros, desligarnos de ella o enterrarla en lo más profundo del bosque. Hay que vivir bajo su yugo y soportar sus “excentricidades“. Es como un cadáver purulento oculto en un sótano húmedo y caluroso, cubriendo día a día las paredes y el aire mismo de un hedor pegajoso como la brea; un sótano que de cuando en cuando debe airearse para dejar escapar su pútrido legado… y que otros disfruten de él, ya que por sí mismos no son capaces de abrir esos oscuros ventanales.
No podemos matar a Richard Bachman porque, sencillamente, no existiríamos sin esa otra mitad. Es una relación forzosa, una simbiosis parasitaria, la describirían los biólogos, en la cual cada faz toma el relevo para no canibalizar al organismo completo.
Es lo que significa ser humanos… y, desgraciadamente, hay muchas “mitades oscuras” con el poder suficiente para propagar el horror sobre sus congéneres. Gente canibalizada, zombies sin alma errando en busca de algo que dejaron se pudriera hace mucho tiempo; gente cuya envidia es lo que causa el sufrimiento de miles de personas, pero que no pueden parar de hacer el mal.
Eso también es propio del ser humano.
Por cierto, tuve el nuevo libro de Stephen King en mis manos, pero dudé en comprarlo: Richard Bachman siempre mata a sus protagonistas
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